viernes, 5 de junio de 2015

Tomar la Autoridad

Por Ana Raquel Henríquez

Un par de domingos atrás decidí darle una visita a mi abuela; Leo García me llevó hasta la casa de ella, pero cuando llegamos no había nadie. Llamé a mi abuela y me informó que se encontraba visitando a una amiga en El Progreso, así que le pedí la dirección y llegamos hasta el lugar. Después de un rato me di cuenta que la dueña de esa casa estaba muy enferma; y de repente, frente a los ojos de todos los presentes en la habitación, ella comenzó a sufrir parálisis en todo el cuerpo; llegó a un punto donde no podía mover ningún músculo, ni pronunciar palabras, porque la lengua la tenía enredada. 

Precisamente, ese domingo se predicó acerca del poder de la Iglesia de Cristo y el viernes en la reunión local se habló sobre la actitud proactiva que debemos tener cuando nos movemos en el Reino de Dios. En la habitación sólo habíamos quedado Leo y yo, todos los demás salieron porque sentían miedo. Comencé a entrar en pánico, no sabía qué hacer ante tal situación, y Leo me dijo, “Ana, creo que tenemos que orar por ella”, pero de lo nerviosa que me sentía, no quería hacerlo; además, estaba apenada por mi familia, no quería que ellos me vieran orando por alguien a quien yo no conocía. Pero Leo me confronto y me dijo: “No, Ana. Tenemos que hacerlo”. Fuimos hasta donde los familiares de la señora, que ya estaban planeando en llevarla al hospital más cercano, y les preguntamos si podíamos orar por ella. Nos dijeron que si, así que nos acercamos y comenzamos a profetizar y declarar palabras de vida. 

Mientras estábamos en ese ámbito, la señora comenzó a moverse, primero sus manos, luego sus pies, después abrió sus ojos y todos los demás se acercaron y comenzaron a hacerle preguntas. Ella aun no podía hablar, porque su lengua continuaba enredada; la movimos hasta otra habitación y seguimos orando. Finalmente, comenzó a pronunciar palabras; nos dijo que estaba muy agradecida porque creímos que ella se iba a mejorar, y asombrada por lo que había pasado, ella nunca había visto a alguien orar de la manera poderosa en la que Leo había orado. Con esta experiencia aprendí mi lección: No hay que ser tímidos cuando alguien se encuentra entre la vida y la muerte. El Señor ya nos dio la autoridad, y si tenemos eso y al Espíritu Santo, vamos a ser testigos de Sus grandes maravillas.

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