Por Gabriel Popoff
El domingo después de la reunión, mi familia y yo nos dirigimos a casa. Cuando se abrió el portón me extrañó que nuestro perro, Coco, no nos recibiera como de costumbre. Lo buscamos por todo el patio, pero no lo encontramos. Luego nos dimos cuenta que se había escapado por un agujero que él mismo hizo en el cerco. Me puse muy triste, así que salimos en su busca con mi papá a la calle, pero tampoco dimos con él. En la noche le dije al Señor, “Por favor, ¡que aparezca Coco!” Yo supe que Dios me escuchó porque a los minutos, Coco ya estaba enfrente del portón.